Agloe, la aldea inexistente que finalmente existió, y desapareció

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Agloe es el nombre de una ciudad imaginaria que se hizo realidad a principios de los 90 para volver a desaparecer hace tan solo unos meses. Se trata de la historia real de un lugar situado en el Condado de Delaware (Nueva York), que no llegó a aparecer en los mapas hasta 1930. Lo que no significa que haya existido alguna vez…

A partir de esa fecha, la Agloe cartográfica estaba situada entre las montañas de Catskill, en un cruce de caminos poco transitado pero cercano a varias de las principales carreteras que conectan Willowemoc Creek con la ruta que se dirige a Nueva York. Antes, nadie conocía su existencia.

¿Cómo es posible que un lugar aparezca de repente y de la nada? Evidentemente no es cosa de magia, sino fruto de la creatividad de Otto G.Lindberg – director de una empresa de cartografía estadounidense -, y de su asistente Ernest Alpers, quienes por aquella fecha estaban preparando una hoja de ruta del estado de Nueva York. Querían asegurarse de que sus competidores no podrían copiar el proyecto en el que llevaban tiempo trabajando duramente y de que, en caso de hacerlo, los vulneradores de sus derechos de autor caerían en una vergonzante trampa.

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¿Qué mejor forma de saber que otro ha copiado tu idea que inventarte un lugar inexistente para tener pruebas de que te han plagiado? Evidentemente, si un lugar no existe y aparece “por casualidad” en dos mapas de distinta procedencia, el robo está más que demostrado.

La idea surgió de la forma más cómica posible: un día de 1923, después de que Lindberg se perdiera en su camino de vuelta a casa tras una jornada de pesca.

Manos a la obra, y haciendo uso de la fantasía, los cartógrafos se propusieron engañar a los competidores que les habían copiado en otras ocasiones. Si trataban de hacerlo de nuevo, se encontrarían con una urbe de ficción. Agloe tenía incluso coordenadas propias.

La posibilidad de inventarse una vía transitada o una gran ciudad la descartaron desde el primer momento. Hubiera sido muy fácil descubrir que se trataba de una farsa. Pero sacarse de la manga pequeños “callejones sin salida” o diminutas aldeas “fuera del camino” pasaba totalmente desapercibido. O al menos eso debería haber sucedido con la inexistente Agloe, pero no fue así.

Años después de poner en práctica su plan, la compañía de cartógrafos descubrió que Agloe aparecía en un mapa de Rand McNally, uno de sus principales competidores. Era la ocasión perfecta para acusarle, pues le habían pillado con las manos en la masa. Pero McNally tenía la excusa perfecta: dijo haber obtenido las coordenadas del lugar a partir de los registros del propio condado.

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¿Cómo es posible? No os lo vais a creer. Resulta que esos registros mostraban el lugar que había sido inventado y que ahora parecía real. Tanto es así que, en 1950, un pabellón de pesca denominado ‘Agloe General Store’ fue construido en la precisa intersección del mapa donde los cartógrafos habían situado su aldea ficticia.

En el imaginario popular, aunque nadie había oído hablar de este lugar (ni siquiera los vecinos de los puntos que supuestamente se encontraban más cercanos en el mapa adulterado), se dibujaba como un pequeño pueblo habitado por no más de 500 personas.

Tras una absurda casualidad, aquel paraje inventado se había hecho realidad en cierta forma, al menos a nivel administrativo, perdiendo todo el sentido que inicialmente tuvo para sus creadores. Su localización en los documentos oficiales encajaba a la perfección con la del mapa de Lindberg y Alpers y se correspondía con las coordenadas exactas que ellos habían señalado. Menudo chasco…

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No fue cosa de unos meses. En 1998, varias empresas de mapas de carretera, como Exxon y Esso, mantenían aún en sus productos la ficticia Agloe. Y no sólo eso: el mismísimo Google Maps había registrado una flecha en el lugar donde supuestamente se encontraba la aldea. Una flecha que ha mantenido hasta el pasado mes de marzo, cuando decidió limpiar la ciudad de sus mapas tras conocer la historia de su creación.

La legendaria Agloe, que nunca existió, no solo se ha mantenido en los mapas hasta la década de los 90, sino que, además, fue llevada a la literatura en 2008 por el escritor John Green, que utilizó su nombre para bautizar a la neoyorkina ciudad ficticia donde acontece uno de los relatos de su libro “Ciudades de papel”.

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